Allí estaba el anciano, sentado en silencio, con la mirada perdida en la vastedad del infinito. El viejo lloró, y en esa única lágrima parecía llevar consigo el peso de incontables historias. Su llanto, un lamento silencioso que resonaba en el aire, me paralizó. Al pasar frente a su hogar, decidí saludarlo con una sonrisa, pero la tristeza en sus ojos me hizo dudar. No crucé la calle, temeroso de entrometerme en un dolor desconocido.
“Los viejos no lloran así por nada”, pensé mientras continuaba mi camino. Aquella noche, el sueño se resistió a mis párpados; la conciencia, ajena a los horarios, me empujó a regresar a su casa a la mañana siguiente. Después de vencer mi propia pena, logré conciliar el sueño.
Recuerdo haber preparado café, comprado galletas y apresurarme hacia su casa, convencido de tener mucho por conversar. Al llamar a la puerta, se abrieron las rechinantes bisagras, y otro hombre salió.
— ¿Qué desea? —preguntó, mirándome con un gesto adusto.
— Busco al anciano que vive en esta casa.
— Mi padre murió ayer por la tarde —dijo entre lágrimas.
— ¿Murió? —respondí; las piernas se me aflojaron, la mente se me nubló y los ojos se me humedecieron.
— Y usted, ¿quién es? —volvió a preguntar.
— En realidad, nadie —contesté y añadí—. Ayer pasé por la puerta de su casa y estaba su padre sentado. Vi que lloraba, y, a pesar de que lo saludé, no me detuve a preguntarle qué es lo que le sucedía. Hoy volví para hablar con él, pero veo que es tarde.
— No me lo va a creer, pero usted es la persona de quien hablaba en su diario.
Extrañado por lo que me decía, lo miré pidiéndole más explicaciones.
— Por favor, pase —dijo aún sin contestarme. Luego de servir un poco de café, me llevó hasta donde estaba su diario, y la última hoja rezaba: “Hoy me regalaron una sonrisa plena y un saludo amable… hoy es un día bello….!!!!!”
Ana Lia Amor