A veces, la risa no pide permiso.
Simplemente aparece, se dispara,
y llena todo de luz.
Hay caminos que no se olvidan,
ventanas que no se cierran,
y latidos que no se callan.
Hay abrazos que viajan sin necesidad de brazos,
miradas que cruzan distancias,
y promesas que no necesitan ser escritas para cumplirse.
No todo lo importante se mide en tiempo.
Hay cosas que, aun cuando parecen esperar,
en realidad ya están sucediendo.
Hay quien insiste en construir su nido en la ventana más abierta,
con la vista más clara hacia el cielo,
porque sabe que desde allí todo es posible.
Así también hay quien espera,
sin detenerse,
sin dejar de sonreír,
saboreando cada pequeño avance,
cada pasito nuevo,
cada día que acerca lo que tanto se desea.
Porque mientras un corazón late,
otro aprende a caminar.
Mientras una risa cruza el aire,
otra florece en un abrazo que todavía no se ha dado,
pero que ya existe.
Y sí, los calendarios avanzan.
Los días se suman.
Las estaciones giran.
Pero algunas esperas no pesan.
Al contrario:
se visten de alegría.
Se hacen de colores.
Se llenan de cumpleaños, de bendiciones, de pequeñas travesuras,
de buenas noticias,
de nidos que, aunque tengan que moverse,
siguen dejando su rastro en el viento.
Así que no hace falta pedir que se regrese.
Cuando dos caminos saben encontrarse,
no hay distancia que los borre.
Solo hay pasos que se van acercando,
sonrisas que se reconocen,
y milagros que, aunque invisibles,
ya están sucediendo.
Porque algunas presencias no se miden en kilómetros,
sino en latidos.