
Había una vez un gato y un perro que caminaban felices rumbo a su casa, con una sola cosa en mente:
¡comerse un buen pollo! 🍗🐱🐶
Pero justo antes de llegar… se detuvieron en seco.
—¡Espera! —dijo el gato—. ¿No éramos vegetarianos?
—¡Oh, no! ¡Tienes razón! —dijo el perro—. ¡No podemos comer carne!
Por suerte, el gato recordó algo:
—¡Tranquilo! ¡El pollo no es de verdad! ¡Es un pollo de verduras!
—¿En serio? —preguntó el perro.
—¡Claro! ¿Sabías que en un año lograron inventar un pollo hecho 100% de vegetales?
—¡Qué alivio! —dijeron los dos al mismo tiempo.
Y siguieron su camino, con la pancita rugiendo de emoción.
Pero entonces pasaron por una verdulería…
y se dieron cuenta de algo muy raro:
¡no había ni una sola verdura!
Solo pollos.
Montones y montones de pollos.
—¿Por qué esto se llama verdulería si no hay verduras? —le preguntaron al dueño.
El dueño, con cara cansada, les respondió:
—Antes vendíamos verduras, pollos… hasta botanas. Pero un día vino el ejército y se llevó todo. TODO.
Quedamos en la ruina. Solo nos quedó el pollo. Así que ahora… vendemos puro pollo.
El gato, con su mejor cara de comprensión, dijo:
—Miau. (Que en idioma felino significa: No se preocupe, jefe).
El perro añadió:
—Guaf. (Que en idioma perruno significa: Ya vámonos a casa).
Y así, se fueron contentos.
Llegaron a su casa, calentaron su pollo de verduras, lo compartieron con gusto y se lo comieron enterito.
Lamieron hasta el plato.
Y colorín colorado…
¡este cuento se ha terminado!
Fin.