Leo no era hombre de temores. Esa mañana, mientras organizaba algunas cosas en casa, notó algo extraño: la puerta trasera, que siempre mantenía cerrada, estaba entreabierta.
La cerró sin pensarlo demasiado, pero al girarse, algo le hizo detenerse. Un leve chasquido, apenas un roce. Miró por encima del hombro: la puerta volvía a abrirse sola.
Sintió un escalofrío. No miedo, sino una alerta fría y silenciosa. Observó cada detalle, cada sombra en la habitación. Todo parecía en su sitio.
La cerró de nuevo, con calma, con firmeza. Revisó ventanas, cerrojos. Todo estaba bien.
Pero minutos después, el sonido se repitió. La puerta otra vez entreabierta.
Leo no se dejó llevar por la imaginación. Decidió investigar, sin perder la cabeza. Examinó la cerradura, la bisagra, el suelo. Fue entonces cuando notó un detalle mínimo: una corriente de aire imperceptible que, al empujar desde una ventana mal cerrada, soltaba poco a poco el picaporte hasta dejar la puerta abierta.
Solucionó el desajuste con precisión. Cerró la puerta una última vez. El silencio volvió. Esta vez, definitivo.
No hubo fantasmas. No hubo presencias. Solo un detalle material resuelto por una mente atenta.
Salió de la casa sin sobresaltos. Con la certeza de que los verdaderos ecos no vienen de otro mundo, sino de las cosas pequeñas que esperan ser vistas.