A veces, en medio de una conversación, alguien hace un gesto inesperado. No una palabra, no una reacción fuerte. Solo algo mínimo, casi automático. Un movimiento que no sabés bien cómo leer.
No es claramente afectuoso.
No es molesto.
No es siquiera claro si fue dirigido a vos.
Pero aparece. Y corta.
En esas situaciones, uno se queda pensando:
“¿Fue una broma? ¿Un desvío? ¿Un reflejo raro? ¿Una señal mínima de confianza?”
Lo interesante es que, en muchos casos, estos gestos cumplen una función que el lenguaje no puede cumplir sin peso:
cerrar el momento sin necesidad de declararlo.
Pasar de tema sin parecer frío.
Evitar la continuidad sin generar tensión.
💡 El aprendizaje es este:
No todos los gestos comunican algo concreto. Pero algunos, sin decir nada, marcan claramente un ‘ya está’.
Y muchas veces, eso solo aparece cuando hay cierto margen de confianza tácita.
Ni burla, ni afecto, ni evasión total.
Solo una microseñal social para seguir adelante, sin tener que dar explicaciones.